No hay que ser un genio para darse cuenta del impacto trascendental que la irrupción de las redes sociales tiene en el mundo contemporáneo. En poco más de una década de existencia, estos espacios virtuales han pasado de ser una excentricidad juvenil, aunque pueden ser una ventana al mundo, también se han convertido en un espacio que distorsiona la manera en que se ven a sí mismos. Muchos adolescentes sienten presión por encajar en estándares irreales que ven a diario, lo que afecta su autoestima y su bienestar emocional. Al mismo tiempo, estas plataformas pueden ser herramientas de aprendizaje y conexión si se usan con responsabilidad. El problema no son las redes en sí, sino la forma en que se consumen sin límites ni guía.
Cuando llegamos al recreo, todos hicimos lo mismo de siempre: sacamos el celular sin pensarlo. Mientras algunos abrían TikTok, otros revisaban Instagram o respondían mensajes que habían quedado pendientes desde la mañana. Nos dimos cuenta de que, sin querer, pasamos más tiempo mirando la pantalla que hablando entre nosotros. Ese día, mientras esperábamos que empezara la siguiente clase, vimos una notificación sobre un estudio que decía que cada vez más adolescentes usan redes sociales por más horas al día. Nos miramos y nos dio risa, porque era como si nos estuvieran describiendo exactamente a nosotros. Aunque a veces prometemos “usar menos el celu”, al final siempre terminamos deslizando, compartiendo o revisando historias. La verdad es que las redes ya son parte de nuestra rutina: nos conectan, nos entretienen y hasta nos acompañan. Pero también nos hacen darnos cuenta de lo fácil que es perder el tiempo sin darnos cuenta. Y mientras guardábamos los celulares porque el profeso...
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